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Notas y documentos |
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En esta sección tendrán cabida las ponencias y
comunicaciones escritas presentadas en los Seminarios y Capítulos de AEDOS,
así como documentos, notas técnicas, reseñas bibliográficas …
correspondientes a otras actividades de nuestra Asociación. *** *** *** CAPÍTULO DE ESTÉTICA VII Seminario: EROS Y
ÁGAPE 16 de Junio de 2007 “Mi amor está crucificado” Juan de Dios Larrú 1. Introducción El cardenal Ratzinger, en un
breve artículo titulado “Herido por el dardo de Para el pensamiento de
inspiración platónica el amor (e/rwj) y la belleza se encuentran en estrecha
relación[3]. Basta con mirar una cosa bella
para que nazca el e/rwj como un impulso del alma hacia ella, como un deseo de
poseerla. Si el origen del e/rwj es la belleza, su meta, en una dialéctica
ascendente[4], es la inmortalidad, que se
encuentra estrechamente vinculada a la generación y a la automotricidad del
alma. Profundizar, pues, en la
relación e/rwj-aga/ph es importante para iluminar la original concepción
cristiana de 2. “Mi amor está crucificado” «Mi amor está crucificado y en
mí no hay fuego que ame El martirio y su deseo de morir
es la clave de todo su pensamiento. La tensión hacia el martirio proviene de
su íntima relación con Cristo-vida. El concepto de vida es central para toda
su cristología. El martirio es la plenitud de La relación e/rwj-aga/ph[6] va a ser interpretada a la luz
de la relación zwh/-qa/natoj[7]. Entre ellos hay una cierta oposición, pero el e/rwj
como la muerte física, no es algo totalmente negativo, sino que ha de ser
transformado en una nueva dimensión a la luz del misterio pascual de Cristo
del que Ignacio desea participar vehementemente. El e/rwj necesita salvación
para despojarse de su aspecto posesivo. Va a ser la acción de Dios la que va
a llevar a cabo esta crucifixión. Cristo a través de su unión con la carne se
va a unir a todo hombre y va a generar un sujeto “en Cristo”. La originalidad de la exégesis
alegórico-anagógica de S. Gregorio de Nisa, en sus
Homilías sobre el Cantar, es continuador de la interpretación de Orígenes,
insistiendo en el carácter simbólico del término e/rwj que se elige para
mostrar el exceso del amor, la intensidad del mismo. Un último jalón decisivo en la
interpretación patrística de la sentencia ignaciana lo constituye la obra sobre
los nombres divinos de Dionisio el Areopagita. La influencia del
neoplatonismo de Proclo en el PseudoDionisio le va a conducir a destacar
fuertemente el aspecto cósmico del e/rwj y su dimensión extática[9]. 3. La experiencia de S. Pablo S. Ignacio de Antioquia se
ubica, con sus rasgos propios, entre S. Pablo y S. Juan. Podemos decir que es
un autor que pertenece al ámbito joánico con una fuerte influencia paulina.
Si el ámbito de contemplación y mística guarda una semejanza con S. Juan, el
martirio imprime un dinamismo y lo impulsa a centrarse en la pasión y
resurrección acercándolo a Pablo. En el tema de Cristo-vida va a encontrar
Ignacio un modo de integrar ambas fuentes[10]. La experiencia martirial de S.
Ignacio es como una continuación de lo que ha sido la experiencia y el
testimonio de S. Pablo. El interés de la figura de Saulo de Tarso en el tema
que nos ocupa consiste en que en él se encuentran de una manera absolutamente
original la tradición religiosa del judaísmo y la tradición filosófica griega
como dos caminos que convergen hacia Cristo. Si el Antiguo Testamento tiende
hacia Cristo como una figura se orienta hacia la realidad que significa, la
filosofía griega tiende a su vez a Cristo y al Evangelio, como la parte
tiende a unirse con el todo. Estas dos realidades, el Antiguo Testamento y la
filosofía griega son como dos caminos que guían a Cristo, al “Logos”. En S. Pablo ambos caminos de
acceso al misterio han quedado originalmente integrados y a la vez superados
al contacto con la novedad del nuevo Camino que es el mismo Cristo. El
encuentro vivo y personal con Él en el camino de Damasco revolucionó
literalmente la vida de Saulo de Tarso. Cristo se convirtió en su razón de
ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus cartas,
después del nombre de Dios, que aparece más de 500 veces, el nombre
mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces). El misterio pascual de Cristo,
el evento de su muerte y resurrección tiene una centralidad inaudita para el
Apóstol de los gentiles. La transformación que se verifica en el creyente lo
expresa con tres fórmulas sintéticas. Dado que Cristo ha muerto y resucitado
1) nosotros le pertenecemos (ei)=nai tou= xuríou); 2) nosotros somos para
Jesucristo (ei)=nai tw=? xuríou) 3) nosotros somos en Cristo (e)n xuríou)[11]. San Pablo, antes de su
conversión, no era un hombre alejado de Dios y de su ley. Al contrario, era
un fiel observante de la misma que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la
luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo había buscado
construirse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo
había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente
una nueva orientación. El cambio y la nueva dirección que tomó su existencia
Pablo la expresa así: “En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de
vivir para Dios: estoy crucificado con Cristo: y vivo, ya no yo, sino que
Cristo vive en mí; y la vida terrena de ahora la vivo por la fe en el Hijo de
Dios, que me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 19-20). 4. La interpretación de Ga 2,
19-20 por parte de Sto. Tomás de Aquino Al comentar la expresión “estoy
crucificado con Cristo: ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”,
Sto. Tomás de Aquino la introduce como una explicación a lo que acaba de
afirmar inmediatamente antes el Apóstol: que ha muerto a El texto se mueve, por tanto,
dentro de una doble polaridad: Cristo-Pablo, muerte-vida. La conversión se
contempla como un nuevo sentido de la vida que proviene de la muerte de
Cristo. El nuevo sentido del vivir que Pablo ha descubierto se encuentra en
morir por amor como un modo de alcanzar el mayor grado del mismo. El punto de
referencia para comprender la conversión es, por consiguiente, la relación
muerte-vida, vinculada en Pablo al sacramento del bautismo como inserción en
el misterio pascual de Cristo (Rm 6, 1-11). La expresión “estoy crucificado
con Cristo”, que adquiere una gran fuerza a través del neologismo griego
“sunestau/pwmai”, se puede entender de dos maneras según el Angélico: La primera es la que sigue El segundo modo de entender la
expresión es desde el punto de vista específicamente moral. El cambio de
perspectiva se muestra en primer lugar en el vocabulario, pues ahora el
término de referencia no es ya el pecado original o la concupiscencia sino el
afecto (affectus)[15] y, en segundo lugar, en que
ahora no solamente se narra el hecho, sino que da la impresión de que el
Apóstol cuente su experiencia interior y hablase él mismo. Este segundo modo
de entender la expresión es explicado en un texto que se divide en dos
partes, claramente diferenciables por la división de los párrafos. En la
primera parte, se ofrece una descripción de lo que el hombre entiende por
vivir, al identificar vida con aquello a lo que tiende principalmente el
afecto o en lo que máximamente se deleita el hombre. Dice así: “…el hombre se dice que vive en lo que
principalmente fija su afecto, y en lo que máximamente se deleita. De ahí que
también los hombres que en el estudio o en la caza se deleitan máximamente,
dicen que para ellos esto es su vida. Ahora bien, cada hombre tiene algún
afecto particular, que busca lo que es suyo; mientras alguien vive busca sólo
lo que es suyo, solamente vive para sí; cuando, en cambio, busca el bien de
los otros, se dice también que vive para ellos”. En el segundo
párrafo se aplica esta descripción general para todo hombre al caso
particular de Pablo. De este modo, por “Por ello, porque el Apóstol depositaba su
propio afecto por la cruz de Cristo, se decía muerto a su propio afecto, al
decir Estoy crucificado con Cristo, es decir, por la cruz de Cristo me ha
sido quitado mi afecto propio o privado. Por eso decía después (6, 14): No he
de gloriarme sino en la cruz de Cristo, etc., 2Co 5, 14 s: Si uno murió por
todos, todos han muerto. Y por todos ha muerto Cristo, para que los que viven
ya no vivan para sí, sino para él, etc. Aunque vivo, es decir, ya no vivo yo,
casi en el afecto tiene el propio bien, sino que es Cristo quien vive en mí,
es decir solamente Cristo tengo en el afecto, y el mismo Cristo es mi vida.
Flp 1, 21: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir”[17]. La expresión clave del texto,
tantum Christum habeo in affectu, supone que entre Pablo y Cristo existe una
unión afectiva (unio affectus) tal que la acción intencional de Pablo está
polarizada en la persona de Cristo. Ya al comienzo de la carta, cuando Pablo
evoca su conversión, al afirmar que después de tres años fue a Jerusalén a
ver a Pedro, comenta el Angélico que lo hizo, aunque ya era instruido por
Cristo, movido por el afecto de la caridad (ex affectu charitatis compulsus)[18]. Esto supone que en Pablo
existe un “ordo amoris” generado por la unión afectiva que ha brotado entre
Cristo y Pablo. En relación con esto, al final del
Comentario se plantea la duda de si es lícito amar más a una persona que a
otra; afirma Tomás al respecto: “Al respecto hay que saber que
el amor se puede decir mayor o menor doblemente. Un modo por el objeto; otro
modo por la intensidad del acto. Porque amar a alguien es quererle el bien.
Puede alguien amar más a otro, o porque le quiere un mayor bien, que es el
objeto de la dilección, o porque quiere más el bien, es decir por la intensidad
de la dilección. Respecto a lo primero, debemos
amar a todos por igual, porque a todos debemos querer el bien de la vida
eterna. Pero respecto a lo segundo, no es necesario que amemos a todos igual:
porque como la intensidad del acto es consecuencia del principio de la
acción, y el principio del amor es la unión y la semejanza, aquellos que
debemos amar más y más intensamente, son los que son para nosotros más
semejantes y a los que estamos más unidos”[19]. El Angélico resuelve la duda con la
distinción ex obiecto / ex intensione actus. Si amar es querer el bien para
otro, es posible querer un bien mayor o querer más. Según lo primero, a todos
hemos de amar por igual y querer el bien de la vida eterna; sin embargo,
según lo segundo, como la intensidad del acto sigue el principio de la acción
y este principio es la “unio et similitudo”[20], hemos de amar más a los que estamos más unidos y son
más semejantes. De este modo, cuando Pablo afirma que para él la vida es
Cristo ha de entenderse en esta clave, como que el principio de su acción se
encuentre en lo que podríamos llamar “unio et similitudo Christi”. El texto de Ga 2, 20 ofrece, sin embargo,
para el Aquinate una doble duda: primera, de qué modo vive el Apóstol cuando
afirma que no es él el que vive[21]; segunda, de qué modo está crucificado Pablo. A la primera responde con la expresión
siguiente: “La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del
Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. A la segunda cuestión responde el Apóstol,
según el Aquinate, al afirmar que Pablo está clavado en la cruz por el amor
que mostró en ella Cristo muriendo por él. A tal grado llegó el amor, que se
entregó a sí mismo voluntariamente y de ahí que no hay ya otro sacrificio que
el ofrecido por Cristo. Si la única acción de entregar puede referirse tanto
al Padre que entrega al Hijo, como al Hijo que se entrega y a Judas que lo
entrega, sin embargo la intención de cada uno es distinta pues al Padre le
mueve la caridad, al Hijo la obediencia (al Padre) y la caridad (a los
hombres), y a Judas la codicia y traidoramente[23]. La clave está en que la intención de la
acción redentora de Cristo está dirigida no de modo exclusivo pero sí de modo
singular y personal a Pablo (pro me). La intención de Cristo es que su
entrega voluntaria conduzca a una comunión de vida con Pablo, de tal modo que
el principio intrínseco de toda la acción de éste sea ahora la caridad del
Padre manifestada en la obediencia amorosa del Hijo. Así, la caridad,
concebida como unio affectus con Cristo es el motor de la vida de Pablo, de
tal modo que él ya no dirige su querer intencionalmente hacia él mismo
(mortuum proprio affectu) sino hacia Cristo (tantum Christum habeo in
affectu, et ipse Christus est vita mea). Cristo vive en Pablo por la fe, la fe que
obra por la caridad (Ga 5, 6). La fe, por tanto, no es solamente un acto de
conocimiento sino ante todo la adhesión a una persona, Cristo, que se
verifica en la acción humana, de modo que como afirma Tomás la fe es
principium vivendi, primum principium quo Deus est in nobis[24]. Por ello, la fe no es un
principio extrínseco a nuestras acciones, sino que en el mismo actuar,
informada por la caridad, nos va haciendo progresivamente hijos en Jesucristo[25]. Pero ser paulatinamente hijos
no es sinónimo de ser esclavos sino que hace referencia a lo que el Apóstol
llama vocación a la libertad (Ga 5, 13). Al comentar este versículo hace
alusión el Aquinate a la distinción de Aristóteles entre liber y servus[26]. La expresión “servus movetur
ad opus a domino” parece estar a primera vista en total continuidad con lo
afirmado anteriormente de la experiencia paulina. La relación con Cristo, a
diferencia de la relación amo - esclavo no despersonaliza al ser una relación
amigo - amigo. Por ello la caridad de Cristo nos urge a obrar de modo
espontáneo, a ser conducidos por el Espíritu, pues la amistad exige
constantemente el ejercicio de la libertad, ya que nunca se impone, sino que
se ofrece. 5. Conclusión Hemos intentado profundizar en
la relación e/rwj-aga/ph para iluminar la paradoja de la belleza que aparecía
en el misterio pascual de Cristo. La frase de S. Ignacio de Antioquia “mi
amor está crucificado” y su posterior interpretación patrística nos ha
permitido entrar en A la luz de estas reflexiones se
puede comprender mejor que |
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*** *** *** CAPÍTULO DE BIOÉTICA AMISTAD Juan Cardona Pescador Doctor en Medicina Especialista en Psiquiatría
Concepto. Génesis. Definición En la antigüedad clásica fue Aristóteles
el gran teórico de la amistad, a la que dedicó un extenso capítulo de su
ética a Nicómaco (libro VIII). Después
de hacer radicar en la contemplación la virtud superior que conduce a la
felicidad, se pregunta si el hombre en soledad puede ser feliz o tiene
necesidad de los demás, y responde diciendo que si bien la felicidad, en sí
misma, depende del propio individuo, sin embargo el hombre, como ser social,
tiene necesidad de sus semejantes: el feliz necesita del que piensa y actúa
como él para comunicarle su felicidad y el infeliz necesita del que puede proporcionarle
consuelo en su infelicidad. La amistad es un vínculo de amor, pero no todo
amor –dice Aristóteles- merece el título de amistad porque el amor de amistad
es el amor de benevolencia por el que se quiere el bien para el amigo,
mientras que el ama con amor de placer o de utilidad desea el bien para sí mismo, que implica
amor propio, muy diferenciado de la necesaria y natural autoestima. La amistad
exige, además, que tal amor de benevolencia sea recíproco o bilateral, así lo
hace notar Platón cuando dice “donde no hay reciprocidad no hay amistad”
(Lysis, 212 D); no todo amor es amistad, se puede amar sin ser amado y, en
este caso, existe amor, pero no amistad, porque ésta es amor mutuo. En la
amistad dos dinamismos van al
encuentro el uno del otro y multiplican sus energías; así se explica la
intensidad de atracción y la pujanza de cohesión del vínculo que une a los amigos. Pero no basta
la benevolencia recíproca para la amistad, porque también entre dos hombres
que apenas se conocen se puede establecer mutua benevolencia sin que haya
verdadera amistad, Para ella se requiere, además, cierta comunidad de vida: unidad de
pensamiento, de sentimiento y de voluntad: “La amistad es una perfecta
conformidad de sentir en todas las cosas divinas y humanas con benevolencia y
afecto” (Cicerón, De amicitia, cap. VI). Los amigos se han de amar entre sí,
siendo conscientes de su recíproco amor; si lo ignoran habrá amor, pero no
amistad; se requiere que entre ellos
exista alguna suerte de comunicación
que es precisamente el fundamento de la amistad (S.Tomás, Sum. Th.
2-2, q. La amistad no
nace de lo útil, del cálculo, sino de la inclinación centrífuga del alma que
brota de la dilección (facultad de amar) que, a su vez, puede surgir
espontánea (natural: la de unos buenos padres hacia sus hijos) o imperada por
la voluntad (elícita: la de un buen médico hacia sus pacientes, la de un buen
maestro hacia sus discípulos). Pero el amor requiere la aprehensión (el
conocimiento) por la inteligencia del bien amado, objeto propio del amor. Por
consiguiente, el conocimiento es causa del amor en cuanto que el bien no
puede ser amado si no es conocido. El amor de amistad entre los hombres
procede, por tanto, del conocimiento mutuo y a este conocimiento se accede
por la comunicación, la convivencia, el diálogo. De lo expuesto se puede establecer la
génesis de la amistad: comienza con un encuentro personal, seguido de un
trato que origina el mutuo conocimiento –a través de la comunicación de
pensamientos, de sentimientos y de voluntades- del que brota cierta comunidad
de vida, que está en el fundamento de
la amistad, la cual, progresivamente, se irá consolidando en una vinculación
plena y estable por medio de la correspondencia en el intercambio de bienes,
que es la consecuencia y expresión de la verdadera amistad. Los amigos
están de tal manera referidos uno al otro, que su amistad afecta al núcleo
mismo de su ser personal. La amistad se realiza abriéndose el “yo” para
admitir al “tú” en su mundo, para hacerlo partícipe de su propia vida –“nadie
tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos… os he llamado
amigos porque os he dado a conocer cuanto oí de mi Padre” (Io. 15, 13-15); el
“tú” participa del pensamiento, de la alegría y del dolor del “yo” y se abre
y revela para, a su vez, hacer partícipe de su vida al amigo. Gracias a la
amistad el hombre rompe el estrecho círculo de su “yo”; se trasciende a sí
mismo en el “tú” y se enriquece aceptando al “tú”. Una vez
establecida la génesis y la esencia de la amistad, se puede definir como “el
recíproco amor de benevolencia entre personas, fundamentado en un mutuo
conocimiento y comunicación de vida (pensamientos, afectos, y voluntades) y
que tiene como consecuencia y expresión una constante unidad y una íntima
correspondencia en el intercambio de bienes”. Amistad y felicidad La amistad es, en sí misma, un bien y lo es asimismo por sus efectos. La felicidad, en definición de Sto.Tomás, es “el descanso en la posesión de un bien”. Siendo la amistad bienhechora puede conducir a la felicidad. Esto es así porque el ser humano, por naturaleza, es trascendente y si se encapsula en sí mismo, seccionando sus dimensiones trascendentes, se desnaturaliza. El egocentrismo suele encontrarse en la base de muchas anomalías psíquicas que tienen como síntoma nuclear la tristeza. El hombre ha nacido para amar y ser amado. Así lo expresó A. Camus cuando escribió: “Sólo es tristeza no amar y no ser amado. Lo que ha | ||