Notas y documentos

 

En esta sección tendrán cabida las ponencias y comunicaciones escritas presentadas en los Seminarios y Capítulos de AEDOS, así como documentos, notas técnicas, reseñas bibliográficas … correspondientes a otras actividades de nuestra Asociación.

 

 

 

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CAPÍTULO DE ESTÉTICA

VII Seminario: EROS Y ÁGAPE

16 de Junio de 2007

 

“Mi amor está crucificado”
La experiencia cristológica de S. Pablo

Juan de Dios Larrú

1. Introducción

El cardenal Ratzinger, en un breve artículo titulado “Herido por el dardo de la belleza. La cruz y la nueva “estética” de la fe”[1], señalaba cómo cada año le llenaba de estupor la paradoja de encontrar en la liturgia de la Iglesia, una junto a otra, dos antífonas sorprendentes. La primera, propia del tiempo de Cuaresma, recuerda el versículo del Sal 44,3: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia”; la segunda, en la liturgia del lunes de la Semana Santa, invita a leer el salmo 44 a la luz de Is 53,2: “No tiene belleza ni apariencia; le vimos: un rostro desfigurado por el dolor”. El más bello entre los hijos de los hombres es, al mismo tiempo, ante el que se retira la mirada por no encontrar en él rastro de belleza exterior[2]. La pregunta que surge casi inmediata es: ¿Cómo conciliar y armonizar estas dos visiones tan dispares? ¿Cuál es la verdad de la belleza, o mejor, la verdadera belleza?

Para el pensamiento de inspiración platónica el amor (e/rwj) y la belleza se encuentran en estrecha relación[3]. Basta con mirar una cosa bella para que nazca el e/rwj como un impulso del alma hacia ella, como un deseo de poseerla. Si el origen del e/rwj es la belleza, su meta, en una dialéctica ascendente[4], es la inmortalidad, que se encuentra estrechamente vinculada a la generación y a la automotricidad del alma.

Profundizar, pues, en la relación e/rwj-aga/ph es importante para iluminar la original concepción cristiana de la belleza. En Cristo, la hermosura del misterio de Dios nos atrae y fascina y, al mismo tiempo, en la pasión del Crucificado no encontramos, a primera vista, nada atrayente. La revelación de que la Cruz es la máxima manifestación del amor divino en el ocultamiento extremo de toda hermosura resulta desconcertante.

 

2. “Mi amor está crucificado”

«Mi amor está crucificado y en mí no hay fuego que ame la materia. Pero un agua viva habla dentro de mí y, en lo íntimo me dice: Ven al Padre. No siento placer por la comida corruptible ni me atraen los placeres de esta vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible»[5]. Esta expresión de S. Ignacio de Antioquía en su carta a los Romanos se enmarca dentro de la primigenia recepción cristiana de la novedad del aga/ph. El testimonio de Ignacio reviste una gran importancia en razón de su rica personalidad y de la época en la que ha vivido, fin del tiempo apostólico y de los escritos del Nuevo Testamento. En sus cartas se percibe con claridad la frescura de la fe de la generación que todavía había conocido a los apóstoles, así como el amor ardiente de un santo.

El martirio y su deseo de morir es la clave de todo su pensamiento. La tensión hacia el martirio proviene de su íntima relación con Cristo-vida. El concepto de vida es central para toda su cristología. El martirio es la plenitud de la vida. La vida (zwh/)se relaciona con dos modos de muerte: una es la pasión de Cristo y el martirio que son fuentes de vida; otra es la muerte que te quita la vida y que él combate como antitética a la vida.

La relación e/rwj-aga/ph[6] va a ser interpretada a la luz de la relación zwh/-qa/natoj[7]. Entre ellos hay una cierta oposición, pero el e/rwj como la muerte física, no es algo totalmente negativo, sino que ha de ser transformado en una nueva dimensión a la luz del misterio pascual de Cristo del que Ignacio desea participar vehementemente. El e/rwj necesita salvación para despojarse de su aspecto posesivo. Va a ser la acción de Dios la que va a llevar a cabo esta crucifixión. Cristo a través de su unión con la carne se va a unir a todo hombre y va a generar un sujeto “en Cristo”.

La originalidad de la exégesis alegórico-anagógica de la Escritura va a consentir a Orígenes dar un nuevo sentido a la fórmula ignaciana: “Mi amor está crucificado”. En el prólogo de su comentario al Cantar de los Cantares, el alejandrino va a presentar e/rwj y aga/ph (amor-caritas) como términos intercambiables y atribuye ambos a Dios. El sujeto esencial del Cantar es el amor del Esposo, Cristo, y de su Esposa, la Iglesia, que desea engendrar de él. De este modo, se va a cambiar el marco de referencia interpretativo de la frase, desvinculándola del nacimiento del nuevo sujeto que nace por el don divino del martirio y vinculándola a un fundamento afectivo dentro de una múltiple dirección que pide un ordo amoris[8].

S. Gregorio de Nisa, en sus Homilías sobre el Cantar, es continuador de la interpretación de Orígenes, insistiendo en el carácter simbólico del término e/rwj que se elige para mostrar el exceso del amor, la intensidad del mismo.

Un último jalón decisivo en la interpretación patrística de la sentencia ignaciana lo constituye la obra sobre los nombres divinos de Dionisio el Areopagita. La influencia del neoplatonismo de Proclo en el PseudoDionisio le va a conducir a destacar fuertemente el aspecto cósmico del e/rwj y su dimensión extática[9].

3. La experiencia de S. Pablo

S. Ignacio de Antioquia se ubica, con sus rasgos propios, entre S. Pablo y S. Juan. Podemos decir que es un autor que pertenece al ámbito joánico con una fuerte influencia paulina. Si el ámbito de contemplación y mística guarda una semejanza con S. Juan, el martirio imprime un dinamismo y lo impulsa a centrarse en la pasión y resurrección acercándolo a Pablo. En el tema de Cristo-vida va a encontrar Ignacio un modo de integrar ambas fuentes[10].

La experiencia martirial de S. Ignacio es como una continuación de lo que ha sido la experiencia y el testimonio de S. Pablo. El interés de la figura de Saulo de Tarso en el tema que nos ocupa consiste en que en él se encuentran de una manera absolutamente original la tradición religiosa del judaísmo y la tradición filosófica griega como dos caminos que convergen hacia Cristo. Si el Antiguo Testamento tiende hacia Cristo como una figura se orienta hacia la realidad que significa, la filosofía griega tiende a su vez a Cristo y al Evangelio, como la parte tiende a unirse con el todo. Estas dos realidades, el Antiguo Testamento y la filosofía griega son como dos caminos que guían a Cristo, al “Logos”.

En S. Pablo ambos caminos de acceso al misterio han quedado originalmente integrados y a la vez superados al contacto con la novedad del nuevo Camino que es el mismo Cristo. El encuentro vivo y personal con Él en el camino de Damasco revolucionó literalmente la vida de Saulo de Tarso. Cristo se convirtió en su razón de ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus cartas, después del nombre de Dios, que aparece más de 500 veces, el nombre mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces).

El misterio pascual de Cristo, el evento de su muerte y resurrección tiene una centralidad inaudita para el Apóstol de los gentiles. La transformación que se verifica en el creyente lo expresa con tres fórmulas sintéticas. Dado que Cristo ha muerto y resucitado 1) nosotros le pertenecemos (ei)=nai tou= xuríou); 2) nosotros somos para Jesucristo (ei)=nai tw=? xuríou) 3) nosotros somos en Cristo (e)n xuríou)[11].

San Pablo, antes de su conversión, no era un hombre alejado de Dios y de su ley. Al contrario, era un fiel observante de la misma que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo había buscado construirse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. El cambio y la nueva dirección que tomó su existencia Pablo la expresa así: “En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: estoy crucificado con Cristo: y vivo, ya no yo, sino que Cristo vive en mí; y la vida terrena de ahora la vivo por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 19-20).

4. La interpretación de Ga 2, 19-20 por parte de Sto. Tomás de Aquino

Al comentar la expresión “estoy crucificado con Cristo: ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”, Sto. Tomás de Aquino la introduce como una explicación a lo que acaba de afirmar inmediatamente antes el Apóstol: que ha muerto a la Ley y que vive para Dios[12]. Si por un lado, la vida para Dios se explica por la expresión “no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”, por otro la muerte a la Ley hace referencia a “con Cristo estoy crucificado”.

El texto se mueve, por tanto, dentro de una doble polaridad: Cristo-Pablo, muerte-vida. La conversión se contempla como un nuevo sentido de la vida que proviene de la muerte de Cristo. El nuevo sentido del vivir que Pablo ha descubierto se encuentra en morir por amor como un modo de alcanzar el mayor grado del mismo. El punto de referencia para comprender la conversión es, por consiguiente, la relación muerte-vida, vinculada en Pablo al sacramento del bautismo como inserción en el misterio pascual de Cristo (Rm 6, 1-11).

La expresión “estoy crucificado con Cristo”, que adquiere una gran fuerza a través del neologismo griego “sunestau/pwmai”, se puede entender de dos maneras según el Angélico:

La primera es la que sigue la Glossa al relacionarla principalmente con el pecado original (vetustas peccati) y la concupiscencia[13], de modo que la cruz de Cristo borra el pecado y confiere la novedad de la vida espiritual, al otorgar la fuerza para obrar bien[14].

El segundo modo de entender la expresión es desde el punto de vista específicamente moral. El cambio de perspectiva se muestra en primer lugar en el vocabulario, pues ahora el término de referencia no es ya el pecado original o la concupiscencia sino el afecto (affectus)[15] y, en segundo lugar, en que ahora no solamente se narra el hecho, sino que da la impresión de que el Apóstol cuente su experiencia interior y hablase él mismo. Este segundo modo de entender la expresión es explicado en un texto que se divide en dos partes, claramente diferenciables por la división de los párrafos. En la primera parte, se ofrece una descripción de lo que el hombre entiende por vivir, al identificar vida con aquello a lo que tiende principalmente el afecto o en lo que máximamente se deleita el hombre. Dice así:

        “…el hombre se dice que vive en lo que principalmente fija su afecto, y en lo que máximamente se deleita. De ahí que también los hombres que en el estudio o en la caza se deleitan máximamente, dicen que para ellos esto es su vida. Ahora bien, cada hombre tiene algún afecto particular, que busca lo que es suyo; mientras alguien vive busca sólo lo que es suyo, solamente vive para sí; cuando, en cambio, busca el bien de los otros, se dice también que vive para ellos”.

En el segundo párrafo se aplica esta descripción general para todo hombre al caso particular de Pablo. De este modo, por la Cruz de Cristo, Pablo ha dejado de poner el afecto[16] en sí mismo para ponerlo en Cristo de modo que el mismo Cristo es su vida.

        “Por ello, porque el Apóstol depositaba su propio afecto por la cruz de Cristo, se decía muerto a su propio afecto, al decir Estoy crucificado con Cristo, es decir, por la cruz de Cristo me ha sido quitado mi afecto propio o privado. Por eso decía después (6, 14): No he de gloriarme sino en la cruz de Cristo, etc., 2Co 5, 14 s: Si uno murió por todos, todos han muerto. Y por todos ha muerto Cristo, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para él, etc. Aunque vivo, es decir, ya no vivo yo, casi en el afecto tiene el propio bien, sino que es Cristo quien vive en mí, es decir solamente Cristo tengo en el afecto, y el mismo Cristo es mi vida. Flp 1, 21: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir”[17].

La expresión clave del texto, tantum Christum habeo in affectu, supone que entre Pablo y Cristo existe una unión afectiva (unio affectus) tal que la acción intencional de Pablo está polarizada en la persona de Cristo. Ya al comienzo de la carta, cuando Pablo evoca su conversión, al afirmar que después de tres años fue a Jerusalén a ver a Pedro, comenta el Angélico que lo hizo, aunque ya era instruido por Cristo, movido por el afecto de la caridad (ex affectu charitatis compulsus)[18]. Esto supone que en Pablo existe un “ordo amoris” generado por la unión afectiva que ha brotado entre Cristo y Pablo.

         En relación con esto, al final del Comentario se plantea la duda de si es lícito amar más a una persona que a otra; afirma Tomás al respecto:

“Al respecto hay que saber que el amor se puede decir mayor o menor doblemente. Un modo por el objeto; otro modo por la intensidad del acto. Porque amar a alguien es quererle el bien. Puede alguien amar más a otro, o porque le quiere un mayor bien, que es el objeto de la dilección, o porque quiere más el bien, es decir por la intensidad de la dilección.

Respecto a lo primero, debemos amar a todos por igual, porque a todos debemos querer el bien de la vida eterna. Pero respecto a lo segundo, no es necesario que amemos a todos igual: porque como la intensidad del acto es consecuencia del principio de la acción, y el principio del amor es la unión y la semejanza, aquellos que debemos amar más y más intensamente, son los que son para nosotros más semejantes y a los que estamos más unidos”[19].

         El Angélico resuelve la duda con la distinción ex obiecto / ex intensione actus. Si amar es querer el bien para otro, es posible querer un bien mayor o querer más. Según lo primero, a todos hemos de amar por igual y querer el bien de la vida eterna; sin embargo, según lo segundo, como la intensidad del acto sigue el principio de la acción y este principio es la “unio et similitudo”[20], hemos de amar más a los que estamos más unidos y son más semejantes. De este modo, cuando Pablo afirma que para él la vida es Cristo ha de entenderse en esta clave, como que el principio de su acción se encuentre en lo que podríamos llamar “unio et similitudo Christi”.

         El texto de Ga 2, 20 ofrece, sin embargo, para el Aquinate una doble duda: primera, de qué modo vive el Apóstol cuando afirma que no es él el que vive[21]; segunda, de qué modo está crucificado Pablo.

         A la primera responde con la expresión siguiente: “La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. La Lectura explica esta expresión al afirmar que propiamente viven los que son movidos por un principio intrínseco. De este modo, el cuerpo es vivificado y movido por el alma de manera que respecto a la vida en la carne vivía el mismo Pablo, pero en relación a Dios, Cristo vivía en Pablo y por eso dice vivir en la fe del Hijo de Dios, pues Cristo habitaba en él y le movía[22].

         A la segunda cuestión responde el Apóstol, según el Aquinate, al afirmar que Pablo está clavado en la cruz por el amor que mostró en ella Cristo muriendo por él. A tal grado llegó el amor, que se entregó a sí mismo voluntariamente y de ahí que no hay ya otro sacrificio que el ofrecido por Cristo. Si la única acción de entregar puede referirse tanto al Padre que entrega al Hijo, como al Hijo que se entrega y a Judas que lo entrega, sin embargo la intención de cada uno es distinta pues al Padre le mueve la caridad, al Hijo la obediencia (al Padre) y la caridad (a los hombres), y a Judas la codicia y traidoramente[23].

         La clave está en que la intención de la acción redentora de Cristo está dirigida no de modo exclusivo pero sí de modo singular y personal a Pablo (pro me). La intención de Cristo es que su entrega voluntaria conduzca a una comunión de vida con Pablo, de tal modo que el principio intrínseco de toda la acción de éste sea ahora la caridad del Padre manifestada en la obediencia amorosa del Hijo. Así, la caridad, concebida como unio affectus con Cristo es el motor de la vida de Pablo, de tal modo que él ya no dirige su querer intencionalmente hacia él mismo (mortuum proprio affectu) sino hacia Cristo (tantum Christum habeo in affectu, et ipse Christus est vita mea).

         Cristo vive en Pablo por la fe, la fe que obra por la caridad (Ga 5, 6). La fe, por tanto, no es solamente un acto de conocimiento sino ante todo la adhesión a una persona, Cristo, que se verifica en la acción humana, de modo que como afirma Tomás la fe es principium vivendi, primum principium quo Deus est in nobis[24]. Por ello, la fe no es un principio extrínseco a nuestras acciones, sino que en el mismo actuar, informada por la caridad, nos va haciendo progresivamente hijos en Jesucristo[25]. Pero ser paulatinamente hijos no es sinónimo de ser esclavos sino que hace referencia a lo que el Apóstol llama vocación a la libertad (Ga 5, 13). Al comentar este versículo hace alusión el Aquinate a la distinción de Aristóteles entre liber y servus[26]. La expresión “servus movetur ad opus a domino” parece estar a primera vista en total continuidad con lo afirmado anteriormente de la experiencia paulina. La relación con Cristo, a diferencia de la relación amo - esclavo no despersonaliza al ser una relación amigo - amigo. Por ello la caridad de Cristo nos urge a obrar de modo espontáneo, a ser conducidos por el Espíritu, pues la amistad exige constantemente el ejercicio de la libertad, ya que nunca se impone, sino que se ofrece.

5. Conclusión

Hemos intentado profundizar en la relación e/rwj-aga/ph para iluminar la paradoja de la belleza que aparecía en el misterio pascual de Cristo. La frase de S. Ignacio de Antioquia “mi amor está crucificado” y su posterior interpretación patrística nos ha permitido entrar en la cuestión. La sentencia ignaciana remite a la experiencia de S. Pablo que se refleja en el texto de Ga 2, 19-20. La exégesis de este pasaje por parte de Sto. Tomás de Aquino nos permite acceder a su original síntesis, que recibiendo la tradición anterior a él la va a interpretar en una clave novedosa como es la afectiva.

A la luz de estas reflexiones se puede comprender mejor que la encíclica Deus caritas est supera el modelo de la radical oposición en la relación e/rwj-aga/ph, que tiene su expresión más acabada en la conocida obra de A. Nygren. La propuesta de la encíclica es mucho más rica: el agápe es al mismo tiempo la verdad originaria y escatológica del eros. De este modo, el Logos del agápe incluye en sí el dinamismo del eros para conducirlo a una plenitud insospechada. Este vértice se encuentra en el misterio pascual de Cristo, muerto y resucitado. Pablo, al encontrarse con este acontecimiento de gracia, se ha convertido en Apóstol del mismo hasta el martirio como S. Ignacio de Antioquia y tantos otros ininterrumpidamente hasta nuestros días. La paradoja de la belleza de la que partíamos alcanza en la acción martirial cristiana una respuesta que consiente acceder al misterio participando vivamente de él.

 

 

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[1] J. Ratzinger, “La corrispondenza del cuore nell’incontro con la Bellezza”, 30 Giorni (9/2002) 84 – 89, y Tracce – Litterae communionis, Speciale Meeting 2002, 34 – 36, y publicado de nuevo bajo el título “Ferito dal dardo della bellezza. La croce e la nuova “estetica” della fede”, en J. Ratzinger, In cammino verso Gesù Cristo, San Paolo, Cinisello Balsamo 2004, 27 – 34.

[2] S. Agustín, refiriéndose a estos textos, habla de “dos trombas” que suenan en clara disonancia y contraste, pero cuyo sonido proviene del mismo soplo, del mismo Espíritu. En la paradoja el obispo de Hipona ve contraposición, pero no contradicción. Cfr. J. Tcholl, Dio e il bello in Sant’Agostino, Ares, Milano 1996.

[3] L. Robin, Le théorie platonicienne de l’amour, Presses universitaires de France, Paris 1933.

[4] Hay un juego de palabras entre éros (amor) y ptéros (ala).

[5] S. Ignacio de Antioquia, Ep. Ad Romanos, VII, 2, Fuentes patrísticas 1, Ciudad Nueva, Madrid 1991, 157: “o( e)moj e)/rwj e)stau/rwtai

[6] J. Colson, “Ágape chez Saint Ignace d’Antioche”, en F.L. Cross, Studia Patristica III, Texte und Untersuchungen 78, Berlin 1961, 341 – 353.

[7] S. Zañartu, El concepto de ZΩH en Ignacio de Antioquía, Publicaciones de la Universidad Pontificia Comillas, Madrid 1977; Id., “Les concepts de vie et de mort chez Ignace d’Antioche”, Vigiliae Christianae 33 (1979) 324 – 341.

[8] H. Petre,Ordinata caritas. Un enseignement d’Origene sur la charité”, Recherches de Science Relíguese 42 (1954) 40 – 57.

[9] Una visión profunda y sintética sobre esta evolución hasta Sto. Tomás de Aquino la realiza J.J. Pérez-Soba en su intervención en el seminario del Área de investigación sobre moral fundamental, Roma  14.04.2007 (manuscrito).

[10] S. Zañartu, “Les concepts de vie et de mort chez Ignace d’Antioche”, Vigiliae Christianae 33 (1979) 332: “Le Christ ignatien n’est pas celui qui apporte la révelation comme dans Jean, ni le sauveur si important dans la pensée de Paul; il est essentiellemente zwh/”.

[11] Sobre estas tres fórmulas sintéticas, puede verse H. Schlier, Linee fondamentali di una teologia paolina, Queriniana, Brescia 31995, 147 – 150.

[12] Para un estudio exegético de Ga 2, 19a puede verse I.G. Zedde, “Galati 2, 19a nella interpretazione di S. Tommaso d´Aquino”, DTP 86 (1983) 81 – 102. El artículo se divide en tres partes: la primera resume brevemente a modo de introducción la opinión de los exegétas contemporáneos; la segunda analiza la interpretación de Sto. Tomás y la tercera ofrece elementos complementarios tomados del De Spiritu et Littera de S. Agustín que ayudan a comprender la interpretación del Aquinate.

[13] Ad Gal., II, VI: n. 106: “Quilibet homo secundum carnalem originem nascitur filius irae, Eph. II, 3: Eramus enim natura filii irae, etc.. Nascitur etiam in vetustate peccati, Bar. III, 11: Inveterasti in terra aliena, etc.. Quae quidem vetustas peccati tollitur per crucem Christi, et confertur novitas vitae spiritualis.

Dicit ergo Apostolus Christo confixus sum cruci, id est, concupiscentia seu fomes peccati, et omne huiusmodi, mortuum est in me per crucem Christi. Rom. VI, 6: Vetus homo noster simul crucifixus est, etc.. Item ex quo cum Christo confixus sum cruci, et mortuus sum peccato, et Christus resurrexit, cum resurgente etiam resurrexi. Rom. IV, 25: Traditus est, etc. Sic ergo Christus in nobis renovat vitam novam, destructa vetustate peccati. Et ideo dicit vivo autem, id est, quia Christo confixus sum cruci, vigorem bene operandi habeo, iam non ego secundum carnem, quia iam non habeo vetustatem quam prius habui, sed vivit in me Christus, id est, novitas, quae per christum nobis data est”.

[14] Ad Gal., II, VI: n. 106.

[15] Basta un examen estadístico de la terminología de ambos párrafos para constatar este cambio al que estamos haciendo referencia. Si en Ad Gal., II, VI: n. 106 aparece en cinco ocasiones el término peccatum fundamentalmente bajo la expresión vetustas peccatum y ninguna el término affectus, en Ad Gal., II, VI: n. 107 en cambio aparece seis veces el término affectum y ninguna el término peccatum.

[16] El témino affectus aparece en 22 ocasiones en este Comentario. Los textos en los que se encuentra son: Ad Gal., I, IV: n. 44; I, V: n. 47; I, V: n. 48; II, II: n. 70; II, VI: n. 107; III, I: n. 117; IV, III: n. 215; IV, V: n. 237; IV, VII: n. 250; IV, VII: n. 254; IV, VIII: n. 260; IV, IX: nn. 268. 270; V, II: n. 287; V, III: n. 301; V, IV: n. 308; V, V: n. 317.

[17] Ad Gal., II, VI: n. 107.

[18] Ad Gal., I, V: n. 47.

[19] Ad Gal., VI, II: n. 364: “Ad quod sciendum, quod amor potest dici maior vel minor dupliciter. Uno modo ex obiecto; alio modo ex intensione actus. Amare enim aliquem, est velle ei bonum. Potest ergo aliquis alium magis alio diligere, aut quia vult ei maius bonum, quod est obiectum dilectionis, aut quia magis vult ei bonum, id est ex intensiori dilectione. Quantum ergo ad primum, omnes aequaliter debemus diligere, quia omnibus debemus velle bonum vitae aeternae. Sed quantum ad secundum, non oportet quod omnes aequaliter diligamus: quia cum intensio actus sequatur principium actionis, dilectionis autem principium sit unio et similitudo, illos intensius et magis debemus diligere, qui sunt nobis magis similes et uniti”.

[20] En el texto aparecen como sinónimos unio y similitudo. De manera parecida, reaparecen también en In Ev. Io., XV, IV: n. 2036: “Unde in amore amicitiae similitudo est causa amoris, non enim sic diligimus aliquem nisi inquantum sumus unum cum eo: similitudo autem est unitas quaedam”. En la Summa Theologiae, en cambio, Sto. Tomás los distingue: la similitudo es causa del amor (I-II, q. 27, a. 3) y la unio es la esencia del amor (I-II, q. 28, a. 1).

[21] Subyace a esta objeción el tema del éxtasis del amor para el que Sto. Tomás se apoya en la concepción del PseudoDionisio que cita este versículo de Ga 2, 20 en el Divinis Nominibus, cfr. Dionysius, De Divinis Nominibus, c. 4 § 13: PG 3, 712 A. En su comentario a esta obra dionisíaca afirma el Aquinate que el éxtasis es un efecto del amor comentando de este modo el texto anterior del Pseododionisio, cfr. S. Thomas Aquinatis, In Librum Beati Dionysii de Divinis Nominibus expositio, c. IV, l. X, n. 436: “et dicit quod propter hoc quod amor non permittit amatorem esse sui ipsius, sed amati, magnus Paulus constitutus in divino amore sicut in quodam continente et virtute divini amoris faciente ipsum totaliter extra se exire, quasi divino ore loquens dicit, Galat. 2 [20]: “Vivo ego, iam non ego, vivit autem in me Christus” scilicet quia a se exiens totum se in Deum proiecerat, non quaerens quod sui est, sed quod Dei, sicut verus amator et passus extasim, Deo vivens et non vivens vita sui ipsius, sed vita Christi ut amati, quae vita erat sibi valde diligibilis”.

[22] Ad Gal., II, VI: n. 109: “Ubi notandum est, quod illa proprie dicuntur vivere, quae moventur a principio intrinseco. Anima autem Pauli constituta erat inter Deum et corpus, et corpus quidem vivificabatur et movebatur ab anima Pauli, sed anima eius a Christo. Quantum ergo ad vitam carnis vivebat ipse Paulus, et hoc est quod dicit quod autem nunc vivo in carne, id est, vita carnis; sed quantum ad relationem ad Deum, Christus vivebat in Paulo, et ideo dicit in fide vivo Filii Dei, per quam habitat in me et movet me. Hab. II, 4: Iustus autem meus ex fide vivit”.

[23] Ad Gal., II, VI: n. 110. Sigue Sto. Tomás aquí el comentario de la Glossa de Pedro Lombardo introduciendo algún detalle como la intención del Hijo tanto en la obediencia como en la caridad Cfr. Petrus Lombardus, Collectanea in Epistolas S. Pauli, In Epistolam Ad Galatas, PL 192, 117 B: “Quia hoc fecit Pater et Filius in charitate; Judas autem fecit in proditione. Videtis quia non quid faciat homo considerandum est, sed quo animo et voluntate faciat… Deus cogitavit salutem nostram, qua redempti sumus; Judas cogitavit pretium quo vendidit Dominum; Filius pretium quod dedit pro nobis. Diversa ergo intentio, diversa facta facit, cum tamen sit una res, reparatio ex diversis”. El texto de la Glossa se inspira, a su vez, casi literalmente en S. Agustín: Cfr. S. Augustinus, In Epistola ad Parthos, VII, 7, SC 75, 326: “Sed quae res discernit Patrem tradentem Filium, seipsum Filium tradentem, et Judam discipulum tradentem magistrum suum? Quia hoc fecit Pater et Filius in caritate; fecit autem hoc Judas in proditione. Videtis quia non quid faciat homo, considerandum est; sed quo animo et voluntate faciat… Diversa ergo intentio diversa facta fecit…Tantum valet caritas”. Posteriormente Pedro Abelardo abusará del texto agustiniano en sentido subjetivista, cfr. Petrus Abelardus, Ethica seu Scito te ipsum, PL 178, 644 A: “...Non enim quae fiunt, sed quo animo fiant pensat Deus; nec in opere, sed in intentione meritum operantis, vel laus consistit”.

[24] Ad Gal., III, IV: n. 142.

[25] Ad Gal., III, IX: n. 181.

[26] Ad Gal., V, III: n. 302: “Sed cum superius dicat quod sint vocati in libertatem, quid est quod modo dicit servite invicem? Ad quod dicendum est, quod hoc exigit charitas, ut invicem serviamus, et tamen libera est. Sciendum est tamen, quod, sicut Philosophus dicit, liber est qui est causa sui, servus autem est causa alterius, vel ut moventis, vel ut finis: quia servus nec a se movetur ad opus, sed a domino, et propter utilitatem domini sui. Charitas ergo quantum ad causam moventem libertatem habet, quia a se operatur. II Cor. V, 14: Charitas Christi urget nos, spontanee, scilicet ad operandum. Servus autem est, cum postpositis propriis utilitatibus, accommodat se utilitatibus proximorum”.

 

 

    

  

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CAPÍTULO DE BIOÉTICA

AMISTAD

 

Juan Cardona Pescador

Doctor en Medicina

Especialista en Psiquiatría

                                                                                                              

 

Concepto. Génesis. Definición

 

   En la antigüedad clásica fue Aristóteles el gran teórico de la amistad, a la que dedicó un extenso capítulo de su ética a Nicómaco  (libro VIII). Después de hacer radicar en la contemplación la virtud superior que conduce a la felicidad, se pregunta si el hombre en soledad puede ser feliz o tiene necesidad de los demás, y responde diciendo que si bien la felicidad, en sí misma, depende del propio individuo, sin embargo el hombre, como ser social, tiene necesidad de sus semejantes: el feliz necesita del que piensa y actúa como él para comunicarle su felicidad y el infeliz  necesita del que puede proporcionarle consuelo en su infelicidad. La amistad es un vínculo de amor, pero no todo amor –dice Aristóteles- merece el título de amistad porque el amor de amistad es el amor de benevolencia por el que se quiere el bien para el amigo, mientras que el ama con amor de placer o de utilidad  desea el bien para sí mismo, que implica amor propio, muy diferenciado de la necesaria y natural autoestima.

 

   La amistad exige, además, que tal amor de benevolencia sea recíproco o bilateral, así lo hace notar Platón cuando dice “donde no hay reciprocidad no hay amistad” (Lysis, 212 D); no todo amor es amistad, se puede amar sin ser amado y, en este caso, existe amor, pero no amistad, porque ésta es amor mutuo. En la amistad dos dinamismos  van al encuentro el uno del otro y multiplican sus energías; así se explica la intensidad de atracción y la pujanza de cohesión del vínculo  que une a los amigos.

 

   Pero no basta la benevolencia recíproca para la amistad, porque también entre dos hombres que apenas se conocen se puede establecer mutua benevolencia sin que haya verdadera amistad, Para ella se requiere, además,  cierta comunidad de vida: unidad de pensamiento, de sentimiento y de voluntad: “La amistad es una perfecta conformidad de sentir en todas las cosas divinas y humanas con benevolencia y afecto” (Cicerón, De amicitia, cap. VI). Los amigos se han de amar entre sí, siendo conscientes de su recíproco amor; si lo ignoran habrá amor, pero no amistad; se requiere  que entre ellos exista alguna suerte de comunicación  que es precisamente el fundamento de la amistad (S.Tomás, Sum. Th. 2-2, q. 23, a 1).

 

   La amistad no nace de lo útil, del cálculo, sino de la inclinación centrífuga del alma que brota de la dilección (facultad de amar) que, a su vez, puede surgir espontánea (natural: la de unos buenos padres hacia sus hijos) o imperada por la voluntad (elícita: la de un buen médico hacia sus pacientes, la de un buen maestro hacia sus discípulos). Pero el amor requiere la aprehensión (el conocimiento) por la inteligencia del bien amado, objeto propio del amor. Por consiguiente, el conocimiento es causa del amor en cuanto que el bien no puede ser amado si no es conocido. El amor de amistad entre los hombres procede, por tanto, del conocimiento mutuo y a este conocimiento se accede por la comunicación, la convivencia, el diálogo.

 

  De lo expuesto se puede establecer la génesis de la amistad: comienza con un encuentro personal, seguido de un trato que origina el mutuo conocimiento –a través de la comunicación de pensamientos, de sentimientos y de voluntades- del que brota cierta comunidad de vida, que está en  el fundamento de la amistad, la cual, progresivamente, se irá consolidando en una vinculación plena y estable por medio de la correspondencia en el intercambio de bienes, que es la consecuencia y expresión de la verdadera amistad.

 

   Los amigos están de tal manera referidos uno al otro, que su amistad afecta al núcleo mismo de su ser personal. La amistad se realiza abriéndose el “yo” para admitir al “tú” en su mundo, para hacerlo partícipe de su propia vida –“nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos… os he llamado amigos porque os he dado a conocer cuanto oí de mi Padre” (Io. 15, 13-15); el “tú” participa del pensamiento, de la alegría y del dolor del “yo” y se abre y revela para, a su vez, hacer partícipe de su vida al amigo. Gracias a la amistad el hombre rompe el estrecho círculo de su “yo”; se trasciende a sí mismo en el “tú” y se enriquece aceptando al “tú”.

 

   Una vez establecida la génesis y la esencia de la amistad, se puede definir como “el recíproco amor de benevolencia entre personas, fundamentado en un mutuo conocimiento y comunicación de vida (pensamientos, afectos, y voluntades) y que tiene como consecuencia y expresión una constante unidad y una íntima correspondencia en el intercambio de bienes”.

 

 

Amistad y felicidad

 

   La amistad es, en sí misma, un bien y lo es asimismo por sus efectos. La felicidad, en definición de Sto.Tomás, es “el descanso en la posesión de un bien”. Siendo la amistad bienhechora puede conducir a la felicidad. Esto es así porque el ser humano, por naturaleza, es trascendente y si se encapsula en sí mismo, seccionando sus dimensiones trascendentes, se desnaturaliza. El egocentrismo suele encontrarse en la base de muchas anomalías psíquicas que tienen como síntoma nuclear la tristeza. El hombre ha nacido para amar y ser amado. Así lo expresó A. Camus cuando escribió: “Sólo es tristeza no amar y no ser amado. Lo que ha